No es temerario afirmar que el ataque homofóbico contra Esteban Paulón —Diputado y defensor de los derechos LGBTIQ+— no es solo una agresión personal: es un ataque directo contra la democracia y la convivencia pácifica en Argentina. El hecho ocurrió en “La Misa”, uno de los abundantes programa de streaming que inundan estos días las redes sociales, conducido por un seguidor cercano al presidente Javier Milei. Allí, Paulón fue tildado de “pedófilo” y se le deseó que contrajera VIH, en un ataque que cruzó todos los límites del discurso político y se sumó a una escalada de insultos que el diputado viene recibiendo, desde “socialista, comunista, narcosocialista” hasta este tipo de agravios.
Está ampliamente demostrado que estas agresiones deshumanizan y refuerzan prejuicios históricos asociando perversamente la homosexualidad con la pedofilia, para sembrar miedo y odio: miedo a que un homosexual se integre a la sociedad y odio por asociación a uno de los delitos más deleznables que existen.
Paulón respondió anunciando una denuncia penal. Una decisión que a estas alturas no es solo un acto de defensa personal, sino una declaración de defensa en favor de los valores democráticos y de toda la comunidad. “Bravas las maricas porque estamos muy organizadas”, expresó, resaltando la resiliencia del movimiento LGBTIQ+ que ha venido enfrentando el estigma y la persecusión durante décadas. Esta acción judicial busca sentar un precedente contra el discurso de odio y dar fuerza a quienes, sin el respaldo público de una banca, padecen agresiones similares en silencio. Dudamos que el poder judicial se ocupe, hasta ahora la justicia Argentina solo parece actuar en favor -nunca en contra- de cierta clase política-ideológica.
Cuando el odio baja desde el poder
Podría pensarse que cualquier persona agraviada debería recibir cierto respaldo proporcional del estado, sin embargo mensajes similares han sido pronunciados desde las más altas esferas del Estado. En el Foro de Davos, el propio presidente Milei declaró que “la ideología de género es abuso infantil” y calificó directamente a sus promotores como “pedófilos”. Utilizó un caso aislado de abuso cometido por una pareja homosexual en EE.UU. para generalizar una acusación general que incluyó a toda una comunidad sin distinción. Paulón, con razón, cuestionó por qué no se citan casos de abusos cometidos por parejas heterosexuales o por miembros del clero. Parece mucho pedir.
Esta selectividad en la condena apunta directamente a la comunidad LGBTIQ+, revelando una intención de instrumentalizar el tema del abuso infantil para atacar a un sector específico de la sociedad. Lo que se proclama como “libertad de expresión” se convierte en una herramienta para justificar el odio y socavar la democracia.
La narrativa, como es usual, fue amplificada por diputados oficialistas como Santiago Santurio, quien a través de “La Derecha Diario” acusó a organizaciones LGBTIQ+ de promover marchas a favor de la pedofilia, y por Lilia Lemoine, quien también contribuyó a la propagación de estas ideas. Cuando el discurso de odio se emite desde el gobierno, se legitiman prejuicios y se habilita un clima hostil que expone a la comunidad a la violencia.
El impacto puede ser inmediato: Familias de niños o niñas gays y trans pueden tener razones suficientes para preocuparles su seguridad, nunca falta quien pasa de la sospecha a la acción con dolorosas consecuencias.
La verdad detrás del mito
Hay que decirlo de manera contundente: La pedofilia es un trastorno psiquiátrico, no una orientación sexual. Implica relaciones desiguales de poder y abuso sobre menores. Afirmar lo contrario no solo es falso: es criminalizar a toda una comunidad. Solo para mostrar el contraste, en la Iglesia Católica, pese a múltiples escándalos de abuso, no recibe este tipo de generalizaciones, lo que evidencia el sesgo selectivo de estas acusaciones.
Las causas de la pedofilia son múltiples y complejas, incluyendo factores biológicos, ambientales y mentales. No puede atribuirse a una única variable como la pobreza, la abstinencia sexual o una orientación sexual específica. La comprensión de sus causas multifactoriales refuerza que no hay una “causa simple” que pueda ser convenientemente atribuida a un grupo demográfico específico como la comunidad LGBTIQ+. Clarificar esta distinción es vital para la protección de la infancia, ya que desvía la atención de las falsas acusaciones hacia la comprensión real del problema y sus verdaderas raíces, permitiendo estrategias de prevención y tratamiento efectivas basadas en la evidencia.
La falsa asociación entre homosexualidad y pedofilia tiene raíces históricas complejas y ha sido instrumentalizada en diversas campañas de desprestigio. En la Antigua Grecia, la pederastia era un rito iniciático y educativo entre adultos y jóvenes, regulado por leyes y rituales, y era fundamentalmente distinta del abuso sexual moderno, básicamente estamos hablando de un contexto completamente distinto. No se equiparaba a la pedofilia actual ni a la homosexualidad como la entendemos hoy. La referencia a estas prácticas históricas es un intento de dar una “base histórica” a una mentira moderna. Hoy sabemos que la naturaleza y gravedad del abuso sexual infantil implica una violación de la autonomía y la integridad del menor.
En la era moderna, la falsa asociación entre homosexualidad y pedofilia ha sido una herramienta recurrente en campañas de desprestigio y homofobia, especialmente por parte de activistas anti-LGBTIQ+. Algunos movimientos pro-pedófilos, en un intento de legitimar sus deseos, han intentado, sin éxito, presentar la pedofilia como una “orientación sexual”. Esta instrumentalización de un malentendido histórico, junto con la omisión de los abusos generalizados en otras instituciones (como la Iglesia Católica), revela una clara doble moral y una intención difamatoria. Es notable que, a pesar de los numerosos escándalos de abuso sexual infantil cometidos por miembros de la Iglesia Católica , no se generaliza la acusación de pedofilia a toda la comunidad católica, lo que evidencia la selectividad y el prejuicio detrás de la acusación contra la comunidad LGBTIQ+.
Lo que dice la ciencia
La evidencia científica es contundente: la mayoría de los abusadores sexuales infantiles son hombres heterosexuales y conocidos de las víctimas. Un estudio chileno reveló que solo dos de los abusadores atendidos eran homosexuales. Investigaciones frecuentemente malinterpretadas por sectores anti-LGBTIQ+ han sido utilizadas de forma engañosa para alimentar esta narrativa.
Estudios académicos, datos de Interpol y de organismos de derechos humanos coinciden: no existe una correlación entre homosexualidad y pedofilia. Por el contrario, la mayoría de los casos se dan en contextos heterosexuales y familiares. Desmentir con claridad esta infamia no solo protege a la comunidad LGBTIQ+, sino que permite enfocar la atención en la verdadera prevención del abuso infantil.